Publicidad y falsa felicidad.

En una sociedad cada vez más global, Internet se ha convertido en un espacio protagonista de nuestra actividad social. Las empresas no cesan en buscar fórmulas de incidir en sus clientes aprovechando todas las herramientas segmentadas que la red ponen a su disposición. ¿Existe una ética entre tanta intromisión?

macdonals-webEl ser humano ha vivido durante años limitándose a saciar sus necesidades más básicas, conformándose con lo que la naturaleza, el azar, o sus capacidades, le permitían en cada momento. Con el tiempo, el hombre se acomoda, y ansía más confort y aquello que aun no posee. La sociedad capitalista, y el marketing en particular, han alentado este deseo humano de forma desinhibida, siendo éste la piedra angular para mantener un gasto constante. Al observar el éxito alcanzado, cabe preguntarse si esta estimulación debería estar regulada por unas reglas morales que ordenen el desenfreno consumista.

No se trata de cuestionar el modelo capitalista, sino limitarnos a plantear alternativas a las actuales conductas persuasivas del marketing, dispuestas a vender lo que sea y como sea. Ante todo cabe preguntarse si disponemos de una ética de trabajo o estamos dispuestos a, como los abogados defender lo indefendible.

Consideramos que la comunicación publicitaria debería priorizar las necesidades del consumidor y contener sus pretensiones de inducirnos hacia deseos ajenos a nuestra voluntad. Es precisamente la referencia indiscriminada a “los deseos” la que sume al consumidor en una neurosis compulsiva. ¿por qué no apelar a la virtud y necesidad de los productos y los servicios?. Someter al público a una redundancia de productos y una presión interesada en renovar los que ya tenemos es una práctica confusa y amoral. Basta de asociar el acopio de productos con la felicidad.

playmobil-webSi bien lo que aquí planteamos puede resulta utópico e inconcebible para muchos, pueden darse pasos previos beneficiosos. En primer lugar para el consumidor que asumirá una actitud más relajada ante la publicidad y en segundo lugar para la publicidad en sí, que soporta desde hace años el estigma de la falsedad y de la falta de escrúpulos. Recordemos la perversidad de cierta publicidad infantil que maximiza los atributos de los juguetes sin margen para discernir entre realidad e ilusión, como helicópteros voladores o muñecos semiautónomos que en realidad no hacen todo lo que dicen. Tampoco es aceptable que ciertas marcas se pretendan agenciar atributos de calidad, bienestar o salud que científicamente está demostrado que no cumple.

La publicidad desempeña un papel fundamental de comunicación entre los inventores, las empresas y los consumidores. Gracias a ella se han universalizado servicios y productos exclusivos de ciertos territorios o se han compartido ideas que han traspasado fronteras. Sin embargo, si no permitimos que los clientes piensen más y decidan mejor tampoco dejaremos que la publicidad recupere su función original de comunicación.